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Cartas al director: QUÉ PÚBLICA (I)

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Cuando las reivindicaciones pierden fuerza, persisten sólo y aún los símbolos que las representan.

Aquí custodiamos la camiseta verde, que ves en la calle, en el Metro, en los centros. Sobre todo en las manifestaciones, cuando hay algo concreto y oportuno por lo que protestar. Y entonces nos enfundamos ese trozo de tela frente al espejo, como superheroínas en su traje.

Rehúso en este artículo la idea enumerar cada batalla dada en los últimos años por lo que ahora se viene llamando, de manera quizá improcedente, comunidad educativa. Basta con señalar que sólo en Madrid, epicentro de la reacción contra lo público, hemos peleado por todo y contra todo lo que se puede pelear – ratio, condiciones laborales, tasas universitarias y de ciclos, pruebas externas, cierre de aulas, construcción por fases, adoctrinamiento religioso, imposición de equipos directivos y, lógicamente, leyes educativas -. Hemos luchado de todas las maneras imaginables – manifestaciones, concentraciones, recogida y entrega de firmas, huelgas por supuesto, performances, videos, RR.SS. y hasta acciones moderadamente subversivas y altamente imaginativas-. Y hemos cosechado en consecuencia todo tipo de frutos, sonoros éxitos y fracasos humillantes y mudos; por igual lágrimas de alegría y rabia.

No ha habido quizá en los últimos años sector más combativo en todo el Estado que el espoleado primero por los y las docentes y recogido después por el resto de la sociedad. Con el permiso de CocaColaenlucha y junto con el de Sanidad – que es paralelo -, ningún otro que lleve tanto tiempo peleando, al final, por apañar el porvenir de nuestras hijas. Ha llegado incluso a crear tendencia, pues eso que se ha dado en denominar mareas germina en cierto modo a partir la manera en que se configura la brega en el sector educativo: un grupo más o menos compacto y consciente de la gravedad de la situación escribe con tiza reivindicaciones que son tan justas que muy pronto el aula se llena con otros sectores de la sociedad, papás y mamás, medicas y enfermeros, trabajadores del metal, jubilados y en general cualquiera con dos dedos de frente y algo de sangre en las venas.

Y esto no tiene apariencia de querer acabar sino que lo hemos naturalizado. Porque los ataques contra la escuela pública se suceden sin cesar, porque el PP nos odia y porque somos un sector atravesado por la consciencia de la lucha. Porque a cada agresión le sigue naturalmente una respuesta, que a veces es espontánea y otras organizada, pero que siempre ES, que siempre HAY. Ni un centro sin pequeña asamblea periódica, ni hogar en que no se hable, ni una organización que se reclame de la izquierda que no vincule su programa a la defensa de la pública educación. Así que después de casi diez años de conflicto ya hemos cogido carrerilla. Y aunque en ocasiones ésta se tiña de inercia tediosa el camino es ya irreversible y nuestra actitud inequívocamente irrevocable: nadie puede, nadie quiere y nadie va a dejar de batallar.

Pero con todo y con eso sin embargo temo que a día de hoy corremos un riesgo grave y cierto. Pues a menudo me invade la pesadilla de pertenecer a un ejército inteligente y diligente que se ha desagregado por negligencia colectiva, centrado como ha estado estos años en exclusiva en sacudir al enemigo o sacudirse de él. Hemos abordado tanto, hemos abarcado tanto, hemos hecho tanto que se nos ha olvidado juntarnos de cuando en cuando para debatir qué hacer, más allá de tener claro qué es lo que nunca hemos querido que nos hicieran.

No estamos cansados de pelear, no faltan las fuerzas y los efectivos acuden a filas a un simple toque de corneta. Pero me asalta la duda si más allá de saber contra quién nos enfrentamos tenemos claro qué es en realidad lo que estamos defendiendo o queremos defender. Y no soy pesimista sino realista. Intento explicar por qué en el día a día la legión que fuimos al principio hace tiempo que se dividió en cohortes, luego en manípulos y finalmente ha acabado atomizada en decenas de centurias. Cada uno por su cuenta habitualmente aunque en ocasiones y sin un criterio claro ni mucho menos unánime nos juntemos frente a una DAT con la camiseta verde, que es lo que queda.

En genérico y por experiencia propia podría asegurar que en parte ocurrió que los generales de esta resistencia no estuvieron a la altura del ejército que tuvieron que dirigir y que finalmente cundió el desánimo entre las filas, el desconcierto. Siempre he dicho que acabamos desolados y terminamos por convertirnos en una hidra porque quien debía ponerse al frente no lo hizo o lo hizo mal. Pero hoy este argumento, con ser potente, no basta para explicar qué es lo que está pasando en el seno de este movimiento de protesta justa y reivindicación constante.

Para entenderlo todo debemos, creo, responder necesariamente la pregunta de QUÉ PÚBLICA es la que queremos construir una vez que el PP haya dejado de desmontarla o la haya desmontado por completo. Porque si parece claro que debe ser una escuela de ratio baja, sin pruebas de nivel ni equipos directivos externos impuestos, con aulas y medios suficientes y completos, matrículas asequibles si no gratuitas y 18 horas semanales, sin embargo nos asaltan las dudas colectivas acerca de cómo abordar el sistema bilingüe, la libertad de elección de centros, la predominancia de los contenidos sobre los objetivos, el qué hacer con la LOMCE y, en el caso particular de Getafe, el enésimo empeño de darle matarile a las EE.II.

Porque no es lo mismo ampliar las horas de una asignatura que hacer girar en torno a ella a todo un proyecto educativo de un centro; porque tampoco es lo mismo estar en contra de la LOMCE que derogarla, y no es exactamente igual enseñar sin exámenes que con ellos. Porque defendemos UNA escuela pública pero elegimos un centro y no otro – como docentes y como papás – en el entendimiento que no son iguales y, por tanto, de que no hay UN solo modelo de escuela publica. Y porque cuando han descubierto que dos que aseguran defender lo mismo resulta que argumentan distinto o incluso contradictorio, entonces han averiguado al fin dónde atacarnos.

Y veo con tristeza y rabia que efectivamente en cada centuria que somos ahora se discute de una cosa y a veces se olvidan las demás; y que cuando se juntan varias frente a una DAT en forna de manípulo nos damos cuenta que ocasionalmente en la nuestra llegamos a una conclusión diferente a la de las otras. Tan diferente que he perdido la cuenta de cuándo fue la última que nos unimos en cohorte – no digamos ya en legión – frente a la Consejería o el Ministerio. Tan distintas que por eso a día de hoy corremos un riesgo cierto y grave: que se convierta en certeza la sospecha de que incluso venciendo a nuestro enemigo luego tendremos que enfrentaremos a nosotros mismos y al debate que no estamos teniendo ahora acerca de QUÉ PÚBLICA es la que querremos dejar a nuestras hijas.

Al riesgo en definitiva de llevar hasta el final la lucha por la camiseta verde sin saber con precisión qué es lo que representa hoy, más allá de la vieja y justa reivindicación que fue: ESCUELA PÚBLICA DE TOD@S Y PARA TOD@S.

Enrique Herrero
Sindicalista, concejal y profesor

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